11/01/2015

Desnutrición, marca del Chaco profundo

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1993125w300El hambre y las enfermedades reinan donde murió Néstor, el chico qom

VILLA RÍO BERMEJITO, Chaco.- El calor es abrasador, aunque el cielo está gris y, de a ratos, llora con furia. La casa de Néstor Femenía, el niño qom fallecido el martes por tuberculosis y desnutrición, está a diez kilómetros de esta localidad y a 300 kilómetros de Resistencia. Pasaron pocos días desde que Néstor murió, y entre sus padres, tíos, hermanos y abuelos el silencio es demoledor.

El cuerpo del niño, colocado en un pequeño cajón desvencijado, fue llevado al cementerio en un camión volcador, de los que se utilizan para trasladar tierra.

Por lo que se ve aquí y lo que afirman los agentes sanitarios, el de Néstor está muy lejos de ser un “caso aislado”, como dijo el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich. En El Impenetrable reinan la desnutrición, la tuberculosis y el mal de Chagas, y el Estado no ha logrado aún erradicarlos.

Bermejito es, junto con Miraflores, uno de los portales del Impenetrable chaqueño. Ante la llegada de LA NACION, todos se acercan a dar la bienvenida, algunos tendiendo la mano y otros con un abrazo sutil y dos besos en las mejillas. Buscan dos sillas para improvisar un círculo en el cual, con ayuda de una enfermera que hace las veces de intérprete, podremos hablar.

“Era buenito, le gustaba jugar con sus hermanitos”, dice Roxana, su mamá, con una voz casi imperceptible y la mirada perdida. En sus brazos, lleva a Silvana, su hija más pequeña, que rompe en llanto mientras su madre habla. Claudio, el padre del niño, no emite palabra y permanece con la cabeza agachada mirándose las manos, mientras el abuelo, Hipólito, invita a conocer la casa donde vivía “Nestorcito”.

“Ahí está la primera casita, se voló con el viento”, dice Hipólito, que, ante el avance de la enfermedad de su nieto, lo sacó del pequeño rancho y lo llevó a vivir con él, en una pieza de su casa. “Ahí ya tiene casita Néstor. Pero se fue al cielo”, dice con la voz quebrada mientras señala la casa de material que lograron tener antes de que el niño muriera y luego de que el caso tomara notoriedad. “Me duele todo el pecho”, alcanza a decir antes de que su llanto lo derrumbe por completo en los brazos de Miriam Segundo, una auxiliar de enfermería que acompañó a la familia apenas conoció el caso luego de haber atendido al niño en el Hospital de Villa Río Bermejito.

En un mismo terreno, viven la familia de Néstor, compuesta por su mamá, su papá y sus cuatro hermanitos, sus abuelos y sus tíos. Sólo dos de las casas son de material, el resto son pequeños ranchos donde habitan gallinas y perros, y un sinnúmero de insectos, atraídos por los restos de comida y basura. En uno de los ranchos, dos tíos de Néstor duermen en el piso a la intemperie junto a su bebe, a la que protegen acostándola sobre una red que cuelga de dos troncos que sostienen la estructura. Ninguno de ellos cuenta con agua potable, así que recurren al agua de lluvia.

El panorama, en lo que concierne a la comida, es igual de desolador. Según cuentan, sólo a veces, si hay mucha mercadería, se realizan dos comidas diarias, si no, una sola comida al día, normalmente arroz o polenta. El consumo de carne es una rareza que sólo puede darse cuando el abuelo cobra la pensión y puede comprar dos kilos para compartir durante algunos días entre todo el grupo familiar.

Muchas otras familias de la zona están en una situación similar a los Femenía. En el paraje Cabeza de Buey, a unos 18 km de Villa Río Bermejito viven las hermanas Fernández, Virginia y Dora, con diagnósticos de tuberculosis y artritis reumática, en el caso de la segunda. Si bien iniciaron su tratamiento, Soledad Ocampo, una enfermera auxiliar que trabajó hasta comienzos de diciembre pasado en el Hospital Néstor Kirchner de Río Bermejito, asegura que no se realizan los seguimientos médicos que demandan estos casos y muchos otros.

Además, Ocampo sostiene que fue desvinculada del hospital, justamente, por haber insistido en que se realicen los seguimientos y el trabajo en terreno desde el hospital. “Yo trabajé en el área de Tisiología desde el 12 de febrero hasta el 6 de junio. Me sacaron porque insistía mucho en el tema de la ambulancia y las pastillas”, dice, y asegura que, en ese lapso de tiempo, ella asistió a cuarenta enfermos de tuberculosis, realizando trabajo en terreno y corroborando que tomaran la medicación.

A Dora Fernández caminar le resulta casi una proeza. Visiblemente agitada, intenta esbozar unas palabras. “La enfermedad es molesta. Está para molestar a las personas”, dice con su voz debilitada. La delgadez extrema de Dora y Virginia se percibe a simple vista. Pero la realidad familiar se vuelve aún más dramática al visitar la casa de Rufino, un rancho de adobe en el que vive junto con sus tres hijos y su mujer.

Mientras la lluvia cesa, Karina sostiene en sus brazos a Eva, la más pequeña, una bebe de unos tres meses que, según cuenta el propio padre, aún está indocumentada. Basta sólo con acercarse a Karina para constatar la desgarradora situación de la bebe: los brazos y las piernas son como finas ramitas frágiles y los huesos le sobresalen en el tórax y los brazos. Alarmadas por la situación, Miriam y Soledad le advierten que su niña debe ser tratada con urgencia. Cuando la nacion dejó el lugar, la niña iba a ser trasladada a un hospital de la zona junto con su madre.

Continuando la recorrida por la zona periférica de Villa Río Bermejito, los casos se repiten: enfermos de tuberculosis que, según sus relatos, no recibieron el tratamiento de manera continua, falta de agua potable, desnutrición, falta de información sobre medidas preventivas. Así se revela en casos del Barrio Norte (cuya postal guarda un universo de distancia con el barrio homónimo de la Capital Federal), y Lavalle, una zona ubicada en las afueras de la localidad de Villa Río Bermejito, a unos 13 kilómetros. Allí, José Segundo, que logró terminar su tratamiento de tuberculosis, padece, en sus palabras, de un problema en un “nervio” del brazo. Según informa Miriam Segundo, sufre de Parkinson. Él también, como tantos, asegura que “cuando hay”, ingiere dos comidas por día. Si no, apenas una. Un caso similar es el de Abraham Sosa, que, según relata, no continuó con el seguimiento del tratamiento de la tiberculosis que le fue diagnosticada, y que, según cuenta Soledad, “era muy cumplidor y colaboraba mucho” a la hora de tomar los medicamentos indicados. Él y su familia (entre nietos e hijos son 16) viven de la pensión que cobra su mujer (ya que él todavía no logra que le otorguen su pensión no contributiva) y de las cajas de alimentos que entrega el Estado a las familias de la zona. “Siento que hay alguien que me empuja, que quiere que me caiga”, dice, al describir los mareos que siente por su frágil estado de salud. También sucede algo similar en el caso de Estefanía Sosa, una mujer del mismo barrio, y en el de la familia de Fermín Medrano, que quiere continuar su tratamiento de tuberculosis, pero no consigue que se le suministren los medicamentos.

Para Rolando Núñez, coordinador del Centro Mandela, el de Néstor Femenía es un “caso extremo, pero no aislado”, dentro del cuadro de situación que viven las familias indígenas en el Impenetrable. “Cuando aparece un caso como el de Néstor, comprueba varias cosas: que el Estado no atinó a detectar precozmente la enfermedad que cursaba y que, cuando detectó y empezó el tratamiento, no tomó los recaudos sanitarios para que no se interrumpiera el tratamiento. Cuando se hizo pública la situación de gravedad de la tuberculosis, se internó al chico y reaccionó favorablemente. Mejoró, en tuberculosis y en desnutrición. Recuperó peso porque se le proporcionaron comidas con la cantidad de calorías que necesita un niño de esa edad. Pero ¿qué ocurrió? Le dieron el alta hospitalaria, no médica, para continuar el tratamiento en el domicilio. Ahí está la clave.”

Para Núñez, la desigualdad social está en el centro de la problemática de la salud pública en el Impenetrable, y destaca que, en 2007, una medida cautelar de la Corte Suprema, dictada a partir de un juicio iniciado por la Defensoría del Pueblo de la Nación contra los gobiernos nacional y provincial, fue el disparador de una serie de obras y acciones para el mejoramiento de las condiciones de vida de las poblaciones indígenas de la zona.

Desde entonces, asegura, se comenzaron muchas obras de infraestructura, de formación de agentes sanitarios de la etnia qom (para trazar un puente con los pacientes) y planes de asistencia. “Desarrollo Social entregó pensiones no contributivas por vejez, invalidez, planes sustitutivos de empleo, bolsas de comida. Pero respecto a la pobreza estructural se hizo muy poco, para eso hay que abordar la comida, porque el correlato de la comida es la salud. Después, se discontinuó la asistencia alimentaria, se construyeron hospitales y puestos sanitarios, y se entendió que la construcción de obras era la solución cuando, en realidad, la salud pública es servicio”, destaca, y asegura que los retrocesos comenzaron a verse marcadamente en 2012.

Con respecto a la situación actual, el defensor del Pueblo de Chaco, Gustavo Corregido, observa: “Cuando asume Juan Carlos Bacileff Ivanoff como gobernador, en 2013, cortó la provisión de agua en Pampa del Indio y el suministro de alimentos con el pretexto de que había irregularidades. Los aborígenes protestaron y fueron reprimidos”. Corregido agrega: “Tal vez sea necesario que Jorge Capitanich vuelva a la provincia a tomar conocimiento de qué está pasando”.

“Yo tengo 67 años y me recibí a los 23 en la Universidad Nacional de Córdoba. En aquella época, se nos decía: «Todo niño que come manteca y toma leche todos los días genera una defensa tal que es imposible que la tuberculosis lo afecte»”, recuerda Adolfo Andreotti, presidente de la Fundación Conin Chaco, que trabaja en Barranqueras y en Resistencia. “La desnutrición es una carencia de alimentos, pero también de estímulos educativos. Eso lleva a una lesión cerebral orgánica que le impide a posteriori la acción del conocimiento. Eso es una verdad científica comprobada”, añade el médico, que está al frente de un centro que hoy atiende a 32 niños, de 27 familias.

“La situación mejoró a raíz de los programas nacionales de Desarrollo Social, pero falta aún un plan eficaz en salud. Hay muchas dificultades para trabajar con pueblos que son culturalmente diferentes. Es muy difícil consensuar un programa intercultural, que rescate todos los conocimientos y la cosmovisión indígena de lo que es la enfermedad. El problema está en nuestro sistema de salud blanco y occidental que no logra contener a otras culturas, a otras espiritualidades”, reflexionó Jorge Collet, coordinador de la Junta Unida de Misiones (JUM), una organización de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, que trabaja en el Impenetrable desde hace 50 años.

Fuente: La Nación

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